El erizo más amable del bosque

El erizo más amable del bosque

Conoce el cuento de El erizo más amable del bosque

Hoy te voy a contar el cuento El erizo más amable del bosque, una fabula que nos enseña a valorar a aquellos que dan si esperar nada.

Había una vez un bosque enorme y lleno de árboles. Este este bosque vivían todo tipo de animales, desde pequeños roedores hasta grandes tigres, y peligrosas serpientes.

En él, vivía un erizo que tenía muchas púas. Estás le servían como defensa ante los peligros. Ni siquiera los más feroces animales se le acercaban por temor a que los lastimara.

Por esa razón, el erizo andaba por cualquier parte del bosque sin tener miedo. No le importaba si se encontraba con un lobo, una serpiente, o cualquier animal. Ninguno podía lastimarlo.

Las púas le daban tranquilidad y lo mantenían seguro. Pero además de ser fuerte y valiente, era el habitante más generoso del bosque. Siempre que alguien lo necesitaba, les daba sus púas para que se defendiera.

Por lo que era conocido como El erizo más amable del bosque.

Hacía esto para que ninguno de sus amigos tuviera que enfrentar los peligros del bosque.

Sin embargo, un día El erizo más amable del bosque notó que ya solamente tenía una púa restante en su lomito. Les había dado todas las demás a sus amigos sin darse cuenta. Había sido demasiado generoso.

El erizo más amable del bosque iba caminando por un largo sendero, cuando vio a un ratoncito muy pequeño intentando huir de un malvado gato. Así que decidió darle la última púa al ratón para que pudiera defenderse.

Se sintió muy feliz porque su amigo había podido librarse del peligro. El ratoncito estaba muy contento de haber podido defenderse.

El erizo más amable del bosque

“Gracias amigo, nunca olvidaré lo que hiciste por mí.” Dijo mientras se alejaba.

Pasaron los días, y El erizo más amable del bosque continuó paseando por los bosques sin preocuparse por nada.

Estaba tan distraído pensando en cómo se encontrarían los amigos a los que había defendido, que no se dio cuenta de que una serpiente lo seguía muy de cerca.

Ella tenía mucho tiempo observándolo, iba detrás de él todo el tiempo. Notó que el erizo regalaba sus púas, así que decidió seguirlo hasta que se quedara con ninguna de ellas.

El erizo más amable del bosque decidió acostarse en el pasto a tomar el sol, así que se tendió con la pancita hacia arriba y se quedó observando el cielo. Cuando notó la presencia de la serpiente, no se sintió asustado, pues él tenía una forma de pensar muy clara.

“Todos debemos aceptar el destino que nos toca, y las consecuencias de lo que hacemos. Yo di todo porque mis amigos vivieran y ahora solo acepto lo que está planeado para mí” les decía a sus amigos.

Pero este erizo era muy querido por todos los animales a los que había ayudado con sus púas, y ellos no dejarían que nada le pasara. Así que cuando un pequeño conejo notó que alguien seguía a su amigo, llamó a todos los animales que pudo.

Todos estaban dispuestos a ayudar porque sentían que tenían una deuda con el pequeño erizo. Pero más que una deuda, era amistad. Porque un amigo siempre está en tus buenos y malos momentos. Y así había sido él.

El erizo más amable del bosque

Todos eran animales muy pequeñitos, que por sí mismos no habrían podido derrotar a quien los molestaba, pero gracias a la púa del erizo, lograron librarse.

Así que decidieron unir fuerzas, y liderados por el pequeño ratoncito, se reunieron cerca de donde se encontraba la serpiente

Entre todos, planearon un ataque sorpresa hacia ella. Y cuando llegó el momento, se abalanzaron a donde estaba, rodeándola. Todos traían las espinas que el erizo les había regalado para que se defendieran.

Cuando la serpiente se dio cuenta que estaba rodeada, se asustó, porque no podría defenderse contra tantos animales.

La pobre huyó despavorida, prometiendo no volver a molestar a ningún animal de aquel bosque.

El erizo más amable del bosque

El erizo más amable del bosque observaba desde lejos como sus amigos lo defendían, y entendió que haber ayudado a todos hizo que ellos quisieran ayudarle. Y se dio cuenta de que su forma de pensar tenía mucho sentido: asume las consecuencias de tus actos.

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